La noche ha sido, desde que comencé a realizar fotografía, uno de los momentos que más he disfrutado sin ser consciente de ello. El paisaje, en este momento revela una serie de cualidades y sensaciones que la luz del día oculta.

De un tiempo a esta parte, las farolas de tungsteno y los rótulos de neón han ido cediendo su espacio a la luz LED, tan eficiente como desalmada.

Cuando pensamos en fotografía urbana nocturna, es difícil no acordarse de algunos trabajos como los de Todd Hido, Ernst Haas, William Eggleston, Greg Girard o Elsa Bleda. Y, aunque tratemos de seguir captando el entorno urbano nocturno bajo los mismos parámetros, el hecho de que la fuente de luz haya dejado de ser cálida, lo cambia todo.

La noche es un escenario que por naturaleza nos es hostil, el momento del día en que había que estar a cobijo. La iluminación artificial acabó con esto y dotó de calidez a dichos espacios, pero el LED ha traído de vuelta la sensación de inquietud.

Personalmente, y no sé si es debido a una cierta sensibilidad visual, la luz LED me resulta molesta hasta el punto que evito la noche, cuando anteriormente era un momento que disfrutaba realmente. Detecto el parpadeo de las farolas de LED, soy consciente de una mayor fatiga visual, los deslumbramientos en carretera son realmente desagradables. A grandes rasgos, sí, la nueva iluminación ha acabado en gran medida con la contaminación lumínica de los núcleos urbanos, pero al mismo tiempo -y no sé si estoy solo en esto- al mismo tiempo, me ha quitado las ganas de hacer fotos cuando el sol se ha ocultado.

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hasta pronto, amigos